01 agosto 2011

Amén. Amén. Amén.

Estoy sentada y los escucho. Me levanto y miro por la rejilla. Son ellos.

No entiendo por qué hacen esto, dejar todo para ir por la muerte vestidos de verde, abandonar la vida para defender a un criminal. Me atrevo a decirlo sin miedo: Sr. Presidente, es usted un criminal que merece más cadenas perpetuas que el mismísimo Jeffrey Dahmer.

¿De qué otra forma puedo decirle a alguien que manda personas a una muerte segura? ¿De qué otra forma puedo decirle a quién me quitó mis padres, y que ahora va tras mi hijo recién graduado?

No la hay, Sr. Presidente. Sencillamente así. Es usted un criminal hecho y derecho.

Cada noche lloro esperando a que este suplicio acabe, esperando no escuchar más gritos, disparos y explosiones, esperando que mi hijo despierte tranquilo y pueda decir: “Voy a salir sin miedo hoy”.

Mi corazón se encoje cada vez que veo el cielo negro, cada vez que veo el polvo, cada vez que veo a mis vecinos. Quisiera irme, desaparecer y no volver jamás, pero estoy aquí atrapada, aquí encerada, en el cobertizo de un marido que usted raptó para tan estúpidos fines.

Lo quiere todo, Sr. Presidente: Dinero, poder, respeto, armas, amor, fama y gloria. Pero, ¿A qué costo? ¿Su divinización a cambio de un mar de sangre? Vaya que es sensato, Sr. Presidente. Un completo desquiciado, un payaso extraviado, un primate con traje de gala.

Espero le duela, maldito titiritero. Espero se arrepienta y llore toda la sangre inocente que derramó. Maldito sea el día en que dije: “Sí, yo lo apoyo”. Malditos sean ambos por siempre. Amén. Amén. Amén.

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