30 diciembre 2012

La Escalera de los Sueños.

Ya mañana se termina el año, y se ocurrió revivir un aspecto de este blog. Lo hice, después de todo, para dar a conocer mis textos, y ya hace MUCHO no subo nada original, así que veremos que sale escuchando música por la mañana...

La noche estaba calmada mientras caminaba por las calles silenciosas. No escuchaba nada, lo cual era algo bastante extraño, después de todo, nadie espera que en un lugar como Manhattan este en total mutismo, menos un viernes por la noche, pero era lo interesante de vivir, pues si los días podían sorprenderte, ¿Qué podías pedir de las noches?
Había una cierta sensación curiosa en el aire, como si este fuera más denso, más pesado, pero soportable. Seguramente sería uno de los cambios climáticos que tanto se estaban dando últimamente; decidí no prestar atención y seguir caminando como siempre hacía.
Para mí no había nada mejor que ese momento, siempre había disfrutado de una sana soledad cuando la necesitaba, cuando quería despejar la mente o cuando simplemente no me apetecía estar con nadie en ningún lugar haciendo cualquier cosa, era un ermitaño por momentos.
Se escuchaba cierto murmullo en varios de los callejones oscuros, seguramente eran adolescentes drogándose o amistades separadas que se suponía no deberían verse, lo mismo de siempre.
El cielo estaba bastante nublado, apenas y si se podía apreciar un lugar descubierto, pero la luna estaba nueva, así que ni rastro de ella, debía conformarme con las pocas estrellas que se dejaban ver.
Lo bueno de vivir en Harlem era que había muchos espacios abiertos, entre ellos el St. Nicholas Park, mi lugar favorito para pasar el tiempo y esperar a que amaneciera. Siempre había tenido cierto encanto para mí desde la primera vez que lo vi, posiblemente porque llevaba mi nombre, me hacía bastante gracia cuando salía con mis amigos y me pedían permiso para entrar.
Esta es "La escalera de los Sueños" pero de día.
¿A poco y no se ve prometedor este escenario?
Llegué finalmente a la que yo llamaba "La escalera de los sueños", pues era una parte del parque que de noche adquiría }cierto encanto para mí, fue la primera fotografía que vi de Manhattan a los diecisiete años, por lo que decidí que si se me presentaba la oportunidad alguna vez, me iría a vivir allí. A los veinte ya estaba empacando para irme de Salem, Masachusetts, pues un aumento del salario y ascenso en mi trabajo me permitió darme ese tan ansiado lujo.
Me senté en la segunda escalera, cerré los ojos y aspiré el aroma que desprendía el lugar. Nunca me cansé ni me cansaría de hacerlo, era algo único que no encontraba en el resto de la isla o al menos en el parque.
De repente, creí ver una mancha blanca por el rabillo del ojo, un destello fugaz. Me volteé inmediatamente para ver más claramente, pero no vi nada. Escuché pasos que venían por mi espalda, como corriendo, pero al mirar tampoco había nada. Comencé a ponerme nervioso. Una brisa gélida me llegó a la cara, agitando el poco cabello negro azabache que tenía; bajo la luz de las lámparas se notaban los reflejos azules que me había hecho.
Comencé a escuchar todos los ruidos posibles; las hojas arrastradas por el viento, una rama que se rompía, una piedra movida, los árboles moviéndose por el viento, todo ahora tenía vida. Antes aquello me maravillaba, pero en ese momento me estaba aterrando más de lo que pensé posible.
Me levanté bruscamente, estaba decidido a irme de allí, y sin embargo mis pies estaban pegados al suelo, escuché un pequeña risa, apenas audible, que me heló la sangre. 
Lo presentía, algo iba a suceder, no quería estar allí, debía irme, salir de ese lugar, y aún con todo mis piernas seguían paralizadas. Me estaba desesperando, sacudía las piernas todo lo que podía, pero solamente me desequilibraba, daba muestras de que me fuera a caer, estaba haciendo el ridículo y quien me estuviera vigilando seguro estaba riéndose de mí.
No estaba seguro de si era el momento adecuado, de si debía hacerlo realmente, pues si no tenía cuidado podía terminar peor de cómo empezó. Escuché mi nombre en un susurro que me trajo el viento y decidí que si debía terminar, que terminara como fuera.
Cerré los ojos, respiré tres veces con las manos hacia abajo, y luego las levanté lentamente, haciendo que los árboles del lugar se quedaran sin hojas mientras que estas subían varios metros de altura. Una figura blanca, como mujer, estaba a mi izquierda, en el desnivel que había entre donde estaba yo y el camino por donde había subido. Chasqueé con ambas manos, incendiando las hojas, las dirigí a donde veía la silueta de mi oponente.
Era rápida, ágil y con movimientos bien planeados. esquivaba las hojas fácilmente e incluso lograba hacer que varias de ellas chocaran entre sí. Era de las entrenadas. Formé un puño con cada mano, las puse lado a lado separadas por unos treinta centímetros y, en medio del resplandor que se dio, apareció mi báculo; hacía ya un tiempo que no lo usaba.
No lo sabía. La dibujé antes que escribir,
pero... Les presento a mi Christina.
Lo agité débilmente  y un ventarrón llegó, obligando a la mujer a cubrirse el rostro y detenerse. Un suave golpe al suelo con la base para llamar a los fantasmas, uno con la punta, que tenía un cuarzo trasparente, para invocar las cadenas doradas, atarlos al báculo y dejarlos a mis órdenes, apunté a la mujer con el cuarzo. La horda de muertos se dirigió enfurecida hacia ella
Para mi sorpresa, también era una bruja, pues formó un triángulo con los dedos índices y pulgares de ambas manos, y cuando los fantasmas la atacaron, chocaron con un campo de energía, dejando que una triqueta brillara en cada lugar del impacto. No podía ser otra que ella
Le di varias vueltas al báculo, como si de un ventilador se tratara, llamando a todos los fantasmas para que se retiraran mientras sonreía para mis adentros, nuevamente había caído en sus juegos. Era típico de Christina hacer esas bromas pesadas.
El sol estaba saliendo cuando desaparecieron los fantasmas, así que moví los pies, como si mi novia no me hubiera hechizado en ningún momento, y me dirigí a mi apartamento. El hecho de que no fuera un fantasma como ella no le daba derecho a que jugara así conmigo; supe que nos divertiríamos un rato mientras le enseñaba que yo también podía ser malo y tener el mismo humor sádico que ella...

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