14 febrero 2013

Entre las Nieblas Verdes - Parte II -

Ägador estaba agotado. Había corrido ya mucho trayecto en muy poco tiempo; ya podía ver los límites de la ciudad, de la cual había corrido la mitad en un único día. Estaba bañado en sudor, empapado hasta donde no podía estarlo, con la respiración más acelerada que nunca, y aún sentía deseos de correr. Tenía que detenerse, tenía que parar. Si no descansaba al menos un minuto, al segundo siguiente estaría muerto.
Un roca en su camino hizo que cayera de bruces al suelo. En ese momento se dio cuenta de que estaba lloviendo, por eso se sentía tan mojado, y por eso estaba lleno de lodo y paja. Al menos por un momento, por alguna razón, podría descansar sin pensar en persecuciones... Pero a todas estas, ¿De qué estaba huyendo?
Su mente estaba completamente bloqueada, no lograba concentrarse, todo estaba en blanco y no había nada que lo hiciera reaccionar. Sacudió su cabeza con gesto desesperado, necesitaba aclararlo todo antes de volver a correr por quién-sabe-qué-motivo, comenzó a tratar de recordar lo que había sucedido antes de su precipitada carrera, y se dio cuenta de algo.
Llevaba ya mucho tiempo detenido. Nadie lo había atacado ni había escuchado ruido que delatara a un posible enemigo, todo había permanecido en total y completa calma desde que había recobrado la cordura al caerse en el suelo.
Alguien le había tendido una trampa, eso era seguro, pero con los movimientos volvía a estar hechizado, así que ordenó las palabras de la forma correcta, bloqueó sus sentidos para no caer de nuevo y recitó el conjuro...

- Magia oscura que invade mi ser, salir de mí es tu deber, que tu fuerza se caiga como debe ser y deja mi alma libre como siempre fue.

"Scarlet trees", de Cris Ortega.
Ägador no escuchó su voz, no sabía si había hablado en voz alta o voz baja, pero tuvo la certeza de que el embrujo estaba desvaneciéndose. Se atrevió a despejar su olfato, y el olor a bosque mojado, a musgo y lluvia lo embriagó. Despejó el oído, y el sonido de los árboles agitándose por el viento le llegó de inmediato, habían unos pocos pájaros cantando en bajo volumen y de forma disonante. Cuando despejó el gusto no sintió cambio alguno, así que decidió hacer lo mismo con el tacto, por lo que sintió la grama bajo sus ropas y el árbol en que había apoyado la espalda.
Por ultimo decidió despejar sus ojos. Los abrió con cuidado, sabiendo que podría quedar algún vestigio del hechizo que lo había dominado, pero no quedaba nada, así que respiró tranquilo.
¿Quién quisiera hacerle eso? ¿Qué motivo había para que lo atacaran de esa manera? No tenía idea alguna, pues mucha gente lo apreciaba, y como cualquier otro ser vivo, había otros que no le caían especialmente bien, pero no conocía a alguien que tuviera tanto desprecio por su persona como para hacerle aquello. Tan sumido en sus pensamientos estaba que no escuchó cuando las dríadas salieron del árbol...
Cuando escuchó un ruido a sus espaldas, ya era tarde, las guardianas del bosque estaban prácticamente liberadas y lo tomaron por sorpresa; no tuvo ni tiempo de reaccionar cuando estas lo metieron al árbol, junto con ellas, evitando que una daga quedara clavada en su pecho por pocos segundos.
Selineir miró frustrada al árbol con su arma clavada. Había estado demasiado cerca, casi perfecto, el tiempo exacto para que mientras agonizara, Ägador la viera acercarse. Nunca le perdonaría que la dejara plantada en el altar, así le costara su alma, que ya estaba vendida, pero lo vería muerto, tal vez no ese día, o el siguiente, o en un año, pero ahora que era eternamente joven no le preocupaba. Sería interesante jugar un tiempo con él.
Se dio la vuelta y tocó un árbol con el dedo índice derecho, inmediatamente este empezó a quemarse con un fuego blanco. Si las dríadas querían jugar, jugaría con ellas.

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